BAJOS INSTINTOS: política y nacionalismo en el Perú del nuevo milenio.
Por Renato Merino Solari
La historia sucede como tragedia y se repite como comedia.
Hegel
Debo comenzar realizando algunas precisiones para que se entienda mejor la razón y el sentido del presente texto. Estas líneas son escritas motivadas por el recibo de tres correos electrónicos conteniendo propaganda en favor del partido aprista y denostando del nacionalismo de Unión por el Perú. El afán propagandístico no me parece inapropiado pues nos encontramos en plena contienda electoral; de igual forma no me preocupa mayormente la opción política que explicitan los correos, pues considero que votar por el APRA es una opción válida que permite el sistema democrático y cada uno tiene derecho a elegir dentro de este marco. Lo que me pareció significativo fueron los argumentos expuestos en los correos, pues expresaban de forma prístina las condiciones políticas en la que nos encontramos sumergidos por el proceso electoral en curso con todas sus posibilidades, limitaciones y miserias. Debo aclarar que estas reflexiones no constituyen una respuesta política en el sentido de tomar parte por alguna de las dos opciones que disputan la presidencia del país. Expreso mi decisión de votar viciado, como lo hice en la primera vuelta electoral, en la seguridad que se trata de la mejor decisión posible. Es indudable que no comparto las opiniones de aquellos que anatemizan el voto viciado presentándolo como antidemocrático y perjudicial. La validez del voto viciado es una cuestión normativa pues el reglamento electoral lo establece. De igual forma, se permite el voto en blanco e incluso la ausencia de participar en el proceso pagando una multa. Por lo tanto forman parte del juego democrático; lo otro es ideología pura. Para terminar esta primera parte, no puedo omitir el hecho que las principales ideas expuestas en este texto se respaldan en la teoría política que propone el filósofo esloveno Slavoj Zizek.
En 1930, en medio de una profunda crisis económica y política, Sánchez Cerro destituye a Leguía a través de un golpe de estado. En 1931, buscando controlar el país, se convocan a elecciones en las que Sánchez Cerro - ahora como candidato de la Unión Revolucionaria – derrota por medio del voto popular al fundador del APRA, Haya de la Torre. Estas elecciones resultaron una de las más polémicas de nuestra historia debido a que los apristas denunciaron fraude en favor del candidato de la U.R. Esta actitud de rebeldía ante las elecciones los llevó a proclamar a su líder “Presidente Moral del Perú”.
El APRA había surgido como un movimiento político internacional pero a la vez nacionalista. En el plano interno se trataba de una respuesta a la penetración de los capitales extranjeros que controlaban nuestra economía y desarticulaban los circuitos mercantiles locales y regionales. Haya de la Torre, con un discurso fuertemente nacionalista y una posición antiimperialista, logró aglutinar a los sectores medios desplazados por los capitales extranjeros y a los sectores populares - principalmente urbanos - golpeados por la crisis económica que generó el capitalismo a finales de la década de 1920. Planteaba grandes cambios a partir de una propuesta que se fue articulando en función al rechazo del “imperialismo yanqui”, así como al cuestionamiento del orden oligárquico excluyente y racista . Mientras tanto el “golpista” Sánchez Cerro desde la UR, se alineaba con los intereses de la oligarquía tradicional civilista enunciando –también- un discurso nacionalista que pretendía defender la colectividad, la religión católica y la familia. En este caso la construcción del discurso nacionalista se realizó en función de los peligros que enfrentaba la nación peruana frente a las ideologías extranjeras que postulaban el Apra y el Partido Comunista, así como frente a los profundos cambios que representaban estos grupos, que de acceder al poder estatal, amenazaban trastocar el orden oligárquico y sus valores tradicionales. Finalmente – en el proceso electoral - se impuso la posición conservadora y populista patrocinada por la oligarquía; es decir triunfó el que evidenciaba los mayores argumentos autoritarios y paternalistas: Sánchez Cerro.
En octubre de 1968 el general Velasco Alvarado asaltó la casa de gobierno para destituir al entonces democrático gobernante Belaúnde Terry. Este golpe de estado se produjo en medio de una tormenta política, debido a la renuncia del gabinete ministerial ante el escándalo que generó los acuerdos firmados con la IPC; así como en medio de los fracasos económicos que ostentaba el régimen. De esta manera se dio inicio al denominado Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas que duró doce años. Velasco, quien gobernó el Perú de 1968 a 1975, inició un proceso de reformas radicales buscando sacar el país del subdesarrollo. Los militares entendían nuestra dependencia económica como la principal causa del atraso del país. Es necesario recordar que las medidas que tomó Velasco estaban “pagando” una especie de “deuda histórica” dejada como “herencia” por el fracaso de la oligarquía tradicional y de los modernos burgueses encarnados en el proyecto belaundista. No podemos perder de vista que muchos de los principales políticos e intelectuales de la época apoyaron - directa o indirectamente - la dictadura velasquista, cobijándose bajo el manto protector de un gobierno autoritario. El proyecto militar visto en perspectiva diacrónica representó un fracaso; sin embargo, es necesario tomar en cuenta que las reformas iniciadas por Velasco fueron desmontadas a partir de 1975 por su sucesor - el también general - Francisco Morales Bermúdez, cuyo gobierno otorgó mayores espacios para situaciones democráticas siendo influenciado por algunas tendencias liberales. También es necesario señalar que se produjo una crisis capitalista a escala mundial frente a la cual nuestro siempre prístino Estado ostentaba pocas posibilidades. Esto no es una característica privativa del gobierno militar pues diferentes gobiernos civiles y democráticos han colapsado frente a contextos similares. El general Velasco desarrolló un discurso nacionalista que tomó como matriz la reivindicación del campesino. Además evidenció una personalidad fuertemente autoritaria y caudillesca, sin embargo gozó de gran apoyo popular e intelectual. Su discurso nacionalista fue construido como respuesta al poder que ejercían los sectores conservadores de la oligarquía, que marginaban y excluían de las cuotas de poder a los sectores urbano marginales y a las poblaciones indígenas. De igual manera se hizo evidente la necesidad de salvar y ordenar el país frente a los riesgos que la situación del campo generaba. En otros términos, la revolución se encontraba a la “vuelta de la esquina”, por lo tanto era necesario el caudillo providencial que impidiera los excesos que todo orden social puede tolerar. La imagen de hombre fuerte proyectada por Velasco fue muy popular entre la población y su programa nacionalista, colectivista e indigenista fue asumido por los más destacados políticos e intelectuales de la época como la materialización de la utopía republicana. Otra vez el líder autoritario y providencial a la cabeza de un proyecto que construye y defiende la nación.
En la actual coyuntura política, nos encontramos frente a una nueva emergencia del discurso nacionalista como propuesta política, encarnada en el inicialmente exótico Ollanta Humala y luego reivindicada por Alan García. No podemos olvidarnos que durante sus mítines, García señalaba que el partido aprista tenía una larga tradición nacionalista y que él no había descubierto el nacionalismo a los 45 años, en clara alusión a su rival de turno. Por lo tanto, los dos asumieron discursos nacionalistas como ideología política para ganar el apoyo de las mayorías. Ante este “baile con máscaras” la población ha decidido aceptar la invitación, otorgándoles su apoyo con no menos del 46 % de votos que ambos alcanzaron en la primera vuelta electoral. La derrota de Unidad Nacional no es la derrota de Lourdes Flores; sino que, representa el fracaso del modelo político económico neoliberal que durante 16 años ha tenido vigencia y consenso generando expectativas de progreso entre la población. Este modelo neoliberal se sustentó en un discurso de corte cosmopolita, modernizador y liberal, sin embargo la modernidad y el bienestar resultaron fenómenos virtuales para millones de personas que debieron consolarse con esperar el peyorativo “chorreo”. En estas elecciones, la población le dijo NO a este proyecto - país y eligió su negación inherente, es decir el nacionalismo que representan – con matices - tanto Humala como García. El país tomó la decisión fundamental durante la primera elección cuando dejó afuera de la segunda vuelta electoral a Lourdes Flores; por lo tanto los peruanos ya eligieron el rumbo de nuestra sociedad para los próximos años.
La construcción de los discursos nacionalistas siempre se realizan en base a dos elementos: La emergencia del líder autoritario y el Otro. La figura del líder autoritario y providencial emerge especialmente en las coyunturas críticas, en los contextos que se evidencia con mayor fuerza la anomia social, expresando las demandas tanto objetivas como subjetivas de los grupos en conflicto. Al líder autoritario siempre se le exigen dos cosas: orden y protección. Él se debe encargar de lo que las fuerzas democráticas fueron incapaces de alcanzar. Estos personajes se han convertido en figuras emblemáticas de nuestra historia, existiendo la posibilidad que broten desde arriba o desde abajo, y expresan las limitaciones de nuestro sistema de representación política. La relación con el líder autoritario siempre es una vinculación complementaria pero contradictoria que oscila entre el paternalismo y el maltrato. Dentro de esta relación, la población se encuentra dispuesta –con algunos límites - a soportar los excesos del gobernante. Constituye una vinculación patológica en el sentido que se sostiene a partir una estructura artificial, que nos permite satisfacción a partir de la aceptación y el rechazo. Extrapolando contextos podemos compararla con el goce que siente el esclavo por el goce del amo. Consustancial a la figura del caudillo autoritario se construye la imagen del Otro. El Otro es el externo; el que no representa el Nosotros, y lo construimos para otorgarle estructura a nuestra colectividad y sentido al devenir. La ubicación del Otro puede ser tanto interna como externa pues nos configuramos tanto endógena como exógenamente. Es decir puede ser un grupo social visto como marginador y excluyente, un país vecino que amenaza nuestras fronteras, los intereses de los capitales transnacionales que explotan nuestros recursos y fuerza laboral, etc. Se trata del que nos causa daño, nos engaña, se lleva nuestras riquezas, nos deja sin puestos de trabajo, no respeta nuestro territorio, etc. Lo paradójico de esta situación es que lo necesitamos permanentemente, pues gracias al Otro la población se unifica y logra alcanzar fuertes vínculos de solidaridad y autoreconocimiento constituyéndose como Nación. ¿Es posible existir sin el Otro? Esta parece ser la dinámica estructural del capitalismo actual. Dicho en otros términos, la necesidad de universalización que tiene el sistema capitalista como parte de su naturaleza constitutiva, genera sus opuestos inmanentes –los nacionalismos y fundamentalismos-, que lo desgarran periódicamente como una especie de retorno de lo reprimido.
Presentados de esta manera los acontecimientos podemos comprender mejor el momento político que se encuentra atravesando el país. La disyuntiva que se plantea a los peruanos de otorgar sus votos entre Humala y García no resulta tan traumática como algunos expertos señalan. Si consideramos la emergencia de los discursos nacionalistas como intrínsicos al sistema parece ser que estamos periódicamente expuestos a experimentarlos. De igual manera, si gran parte de nuestra población así como muchos de nuestros políticos e intelectuales, se entusiasman con estos “hombres fuertes” la situación parece tener consenso legitimador. Por lo tanto no resulta tan dramática y solo nos hace falta un poco imaginación para no sentirnos tan mal. Al respecto analicemos rápidamente una idea muy difundida en las últimas semanas de la pugna electoral: “entre García y Humala el menos malo es García”. Nos encontramos frente a una palmaria y efectiva construcción ideológica que sublima nuestros deseos. Realmente Alan García no es “el menos malo”; sino el mejor. El país está buscando un amo que simultáneamente nos proteja y nos maltrate. Para ello se necesita elegir al que ostente los mayores méritos en actitudes, gestos y pergaminos autoritarios. En este sentido, García desde su primer mandato (1985 – 1990) hasta su actual campaña electoral, pasando por el soberbio puntapié propinado al señor Lora, ha demostrado gran capacidad y talento como hombre fuerte. La ventaja de García sobre Humala es que ya demostró sus condiciones. Lo irónico de todo esto es que, ya sea por unas botas militares o unos Calimod talla 44, el Perú parece estar dispuesto a terminar como el trasero del señor Lora. Parafraseando a Zizek, podemos señalar que decidir entre García y Humala, es como elegir entre una Coca – cola y una Pepsi – cola; por lo tanto lo único que nos queda es gozar nuestra patología.
Renato Merino Solari.
Antropólogo.
Hegel
Debo comenzar realizando algunas precisiones para que se entienda mejor la razón y el sentido del presente texto. Estas líneas son escritas motivadas por el recibo de tres correos electrónicos conteniendo propaganda en favor del partido aprista y denostando del nacionalismo de Unión por el Perú. El afán propagandístico no me parece inapropiado pues nos encontramos en plena contienda electoral; de igual forma no me preocupa mayormente la opción política que explicitan los correos, pues considero que votar por el APRA es una opción válida que permite el sistema democrático y cada uno tiene derecho a elegir dentro de este marco. Lo que me pareció significativo fueron los argumentos expuestos en los correos, pues expresaban de forma prístina las condiciones políticas en la que nos encontramos sumergidos por el proceso electoral en curso con todas sus posibilidades, limitaciones y miserias. Debo aclarar que estas reflexiones no constituyen una respuesta política en el sentido de tomar parte por alguna de las dos opciones que disputan la presidencia del país. Expreso mi decisión de votar viciado, como lo hice en la primera vuelta electoral, en la seguridad que se trata de la mejor decisión posible. Es indudable que no comparto las opiniones de aquellos que anatemizan el voto viciado presentándolo como antidemocrático y perjudicial. La validez del voto viciado es una cuestión normativa pues el reglamento electoral lo establece. De igual forma, se permite el voto en blanco e incluso la ausencia de participar en el proceso pagando una multa. Por lo tanto forman parte del juego democrático; lo otro es ideología pura. Para terminar esta primera parte, no puedo omitir el hecho que las principales ideas expuestas en este texto se respaldan en la teoría política que propone el filósofo esloveno Slavoj Zizek.
En 1930, en medio de una profunda crisis económica y política, Sánchez Cerro destituye a Leguía a través de un golpe de estado. En 1931, buscando controlar el país, se convocan a elecciones en las que Sánchez Cerro - ahora como candidato de la Unión Revolucionaria – derrota por medio del voto popular al fundador del APRA, Haya de la Torre. Estas elecciones resultaron una de las más polémicas de nuestra historia debido a que los apristas denunciaron fraude en favor del candidato de la U.R. Esta actitud de rebeldía ante las elecciones los llevó a proclamar a su líder “Presidente Moral del Perú”.
El APRA había surgido como un movimiento político internacional pero a la vez nacionalista. En el plano interno se trataba de una respuesta a la penetración de los capitales extranjeros que controlaban nuestra economía y desarticulaban los circuitos mercantiles locales y regionales. Haya de la Torre, con un discurso fuertemente nacionalista y una posición antiimperialista, logró aglutinar a los sectores medios desplazados por los capitales extranjeros y a los sectores populares - principalmente urbanos - golpeados por la crisis económica que generó el capitalismo a finales de la década de 1920. Planteaba grandes cambios a partir de una propuesta que se fue articulando en función al rechazo del “imperialismo yanqui”, así como al cuestionamiento del orden oligárquico excluyente y racista . Mientras tanto el “golpista” Sánchez Cerro desde la UR, se alineaba con los intereses de la oligarquía tradicional civilista enunciando –también- un discurso nacionalista que pretendía defender la colectividad, la religión católica y la familia. En este caso la construcción del discurso nacionalista se realizó en función de los peligros que enfrentaba la nación peruana frente a las ideologías extranjeras que postulaban el Apra y el Partido Comunista, así como frente a los profundos cambios que representaban estos grupos, que de acceder al poder estatal, amenazaban trastocar el orden oligárquico y sus valores tradicionales. Finalmente – en el proceso electoral - se impuso la posición conservadora y populista patrocinada por la oligarquía; es decir triunfó el que evidenciaba los mayores argumentos autoritarios y paternalistas: Sánchez Cerro.
En octubre de 1968 el general Velasco Alvarado asaltó la casa de gobierno para destituir al entonces democrático gobernante Belaúnde Terry. Este golpe de estado se produjo en medio de una tormenta política, debido a la renuncia del gabinete ministerial ante el escándalo que generó los acuerdos firmados con la IPC; así como en medio de los fracasos económicos que ostentaba el régimen. De esta manera se dio inicio al denominado Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas que duró doce años. Velasco, quien gobernó el Perú de 1968 a 1975, inició un proceso de reformas radicales buscando sacar el país del subdesarrollo. Los militares entendían nuestra dependencia económica como la principal causa del atraso del país. Es necesario recordar que las medidas que tomó Velasco estaban “pagando” una especie de “deuda histórica” dejada como “herencia” por el fracaso de la oligarquía tradicional y de los modernos burgueses encarnados en el proyecto belaundista. No podemos perder de vista que muchos de los principales políticos e intelectuales de la época apoyaron - directa o indirectamente - la dictadura velasquista, cobijándose bajo el manto protector de un gobierno autoritario. El proyecto militar visto en perspectiva diacrónica representó un fracaso; sin embargo, es necesario tomar en cuenta que las reformas iniciadas por Velasco fueron desmontadas a partir de 1975 por su sucesor - el también general - Francisco Morales Bermúdez, cuyo gobierno otorgó mayores espacios para situaciones democráticas siendo influenciado por algunas tendencias liberales. También es necesario señalar que se produjo una crisis capitalista a escala mundial frente a la cual nuestro siempre prístino Estado ostentaba pocas posibilidades. Esto no es una característica privativa del gobierno militar pues diferentes gobiernos civiles y democráticos han colapsado frente a contextos similares. El general Velasco desarrolló un discurso nacionalista que tomó como matriz la reivindicación del campesino. Además evidenció una personalidad fuertemente autoritaria y caudillesca, sin embargo gozó de gran apoyo popular e intelectual. Su discurso nacionalista fue construido como respuesta al poder que ejercían los sectores conservadores de la oligarquía, que marginaban y excluían de las cuotas de poder a los sectores urbano marginales y a las poblaciones indígenas. De igual manera se hizo evidente la necesidad de salvar y ordenar el país frente a los riesgos que la situación del campo generaba. En otros términos, la revolución se encontraba a la “vuelta de la esquina”, por lo tanto era necesario el caudillo providencial que impidiera los excesos que todo orden social puede tolerar. La imagen de hombre fuerte proyectada por Velasco fue muy popular entre la población y su programa nacionalista, colectivista e indigenista fue asumido por los más destacados políticos e intelectuales de la época como la materialización de la utopía republicana. Otra vez el líder autoritario y providencial a la cabeza de un proyecto que construye y defiende la nación.
En la actual coyuntura política, nos encontramos frente a una nueva emergencia del discurso nacionalista como propuesta política, encarnada en el inicialmente exótico Ollanta Humala y luego reivindicada por Alan García. No podemos olvidarnos que durante sus mítines, García señalaba que el partido aprista tenía una larga tradición nacionalista y que él no había descubierto el nacionalismo a los 45 años, en clara alusión a su rival de turno. Por lo tanto, los dos asumieron discursos nacionalistas como ideología política para ganar el apoyo de las mayorías. Ante este “baile con máscaras” la población ha decidido aceptar la invitación, otorgándoles su apoyo con no menos del 46 % de votos que ambos alcanzaron en la primera vuelta electoral. La derrota de Unidad Nacional no es la derrota de Lourdes Flores; sino que, representa el fracaso del modelo político económico neoliberal que durante 16 años ha tenido vigencia y consenso generando expectativas de progreso entre la población. Este modelo neoliberal se sustentó en un discurso de corte cosmopolita, modernizador y liberal, sin embargo la modernidad y el bienestar resultaron fenómenos virtuales para millones de personas que debieron consolarse con esperar el peyorativo “chorreo”. En estas elecciones, la población le dijo NO a este proyecto - país y eligió su negación inherente, es decir el nacionalismo que representan – con matices - tanto Humala como García. El país tomó la decisión fundamental durante la primera elección cuando dejó afuera de la segunda vuelta electoral a Lourdes Flores; por lo tanto los peruanos ya eligieron el rumbo de nuestra sociedad para los próximos años.
La construcción de los discursos nacionalistas siempre se realizan en base a dos elementos: La emergencia del líder autoritario y el Otro. La figura del líder autoritario y providencial emerge especialmente en las coyunturas críticas, en los contextos que se evidencia con mayor fuerza la anomia social, expresando las demandas tanto objetivas como subjetivas de los grupos en conflicto. Al líder autoritario siempre se le exigen dos cosas: orden y protección. Él se debe encargar de lo que las fuerzas democráticas fueron incapaces de alcanzar. Estos personajes se han convertido en figuras emblemáticas de nuestra historia, existiendo la posibilidad que broten desde arriba o desde abajo, y expresan las limitaciones de nuestro sistema de representación política. La relación con el líder autoritario siempre es una vinculación complementaria pero contradictoria que oscila entre el paternalismo y el maltrato. Dentro de esta relación, la población se encuentra dispuesta –con algunos límites - a soportar los excesos del gobernante. Constituye una vinculación patológica en el sentido que se sostiene a partir una estructura artificial, que nos permite satisfacción a partir de la aceptación y el rechazo. Extrapolando contextos podemos compararla con el goce que siente el esclavo por el goce del amo. Consustancial a la figura del caudillo autoritario se construye la imagen del Otro. El Otro es el externo; el que no representa el Nosotros, y lo construimos para otorgarle estructura a nuestra colectividad y sentido al devenir. La ubicación del Otro puede ser tanto interna como externa pues nos configuramos tanto endógena como exógenamente. Es decir puede ser un grupo social visto como marginador y excluyente, un país vecino que amenaza nuestras fronteras, los intereses de los capitales transnacionales que explotan nuestros recursos y fuerza laboral, etc. Se trata del que nos causa daño, nos engaña, se lleva nuestras riquezas, nos deja sin puestos de trabajo, no respeta nuestro territorio, etc. Lo paradójico de esta situación es que lo necesitamos permanentemente, pues gracias al Otro la población se unifica y logra alcanzar fuertes vínculos de solidaridad y autoreconocimiento constituyéndose como Nación. ¿Es posible existir sin el Otro? Esta parece ser la dinámica estructural del capitalismo actual. Dicho en otros términos, la necesidad de universalización que tiene el sistema capitalista como parte de su naturaleza constitutiva, genera sus opuestos inmanentes –los nacionalismos y fundamentalismos-, que lo desgarran periódicamente como una especie de retorno de lo reprimido.
Presentados de esta manera los acontecimientos podemos comprender mejor el momento político que se encuentra atravesando el país. La disyuntiva que se plantea a los peruanos de otorgar sus votos entre Humala y García no resulta tan traumática como algunos expertos señalan. Si consideramos la emergencia de los discursos nacionalistas como intrínsicos al sistema parece ser que estamos periódicamente expuestos a experimentarlos. De igual manera, si gran parte de nuestra población así como muchos de nuestros políticos e intelectuales, se entusiasman con estos “hombres fuertes” la situación parece tener consenso legitimador. Por lo tanto no resulta tan dramática y solo nos hace falta un poco imaginación para no sentirnos tan mal. Al respecto analicemos rápidamente una idea muy difundida en las últimas semanas de la pugna electoral: “entre García y Humala el menos malo es García”. Nos encontramos frente a una palmaria y efectiva construcción ideológica que sublima nuestros deseos. Realmente Alan García no es “el menos malo”; sino el mejor. El país está buscando un amo que simultáneamente nos proteja y nos maltrate. Para ello se necesita elegir al que ostente los mayores méritos en actitudes, gestos y pergaminos autoritarios. En este sentido, García desde su primer mandato (1985 – 1990) hasta su actual campaña electoral, pasando por el soberbio puntapié propinado al señor Lora, ha demostrado gran capacidad y talento como hombre fuerte. La ventaja de García sobre Humala es que ya demostró sus condiciones. Lo irónico de todo esto es que, ya sea por unas botas militares o unos Calimod talla 44, el Perú parece estar dispuesto a terminar como el trasero del señor Lora. Parafraseando a Zizek, podemos señalar que decidir entre García y Humala, es como elegir entre una Coca – cola y una Pepsi – cola; por lo tanto lo único que nos queda es gozar nuestra patología.
Renato Merino Solari.
Antropólogo.



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